Desconcierto ante la enfermedad mental

04/06/2018

Las enfermedades mentales no sólo son unas grandes desconocidas, sino que suponen un cambio en la conducta de nuestros seres queridos que nos resulta muy difícil de comprender y de manejar. De allí que ante una patología de este campo nuestra reacción sea la del desconcierto y la de la frustración al no saber qué es lo que podemos hacer para ayudar.

Las enfermedades mentales son muy preocupantes para el entorno


Una gran parte de las patologías mentales son unas grandes desconocidas para la problación; ello en parte se debe a que aún existen reticencias a hablar sobre ellas con libertad -como quien habla de un hipotiroidismo, hipertensión o el colesterol, por citar algunos ejemplos-.

Evidentemente, dentro del amplio abanico de patologías psicológicas o psiquiátricas, hay algunas más socialmente aceptadas (o mejor dicho, menos estigmatizantes) que otras. Así pues, la depresión y la ansiedad, por ser más frecuentes, son generalmente más toleradas por el entorno; pero sin embargo existen otras enfermedades mentales que son más turbadoras e incomprensibles a ojos de quien no las sufre.


La aparición de la enfermedad mental

Las enfermedades mentales, sean éstas del tipo que sean, aparecen de forma muy lenta y progresiva… insidiosa… sin que quien la sufre sea consciente de que está enfermando. De hecho, la persona que experimenta un trastorno mental comúnmente no se da cuenta de lo mal que se encontraba hasta que se restablece completamente.

Y algo similar ocurre a quienes rodean a la persona enferma: observan un gradual cambio en la conducta de su ser querido, pero estos cambios son tan discretos que lo habitual es justificarlos e ir restándoles importancia. Hasta que el sumatorio de pequeños cambios nos hace ver que la persona que tenemos delante no es la misma de siempre; entonces es cuando nos damos cuenta de que algo anda mal.

Esta ‘lentitud’ en caer en la cuenta de que algo sucede muchas veces hace que aparezcan los sentimientos de culpa en quien ha estado presenciando el continuo deterioro de su familiar o amigo. Es esa sensación de “debí haber hecho algo antes” o “cómo no me di cuenta”.

Es importante pensar que a toro pasado, todo se ve mejor. Es más fácil tomar una determinación o saber dónde buscar la ayuda específica una vez que conocemos qué es lo que está ocurriendo.

La sensación de culpabilidad -muy humana, por otro lado- no tiene, pues, un fundamento real: no cabe sentirse culpable ante una situación que se fue gestando poco a poco y cuyo resultado desconocíamos.


El manejo de la enfermedad mental

Si hay algo que es más desconcertante que la enfermedad mental en sí misma, es qué posibilidades tengo de ayudar a mi ser querido. Y en este punto es en el que los profesionales de la Salud Mental tenemos más dificultades.

De entrada, podemos distinguir entre dos tipos de pacientes: los que aceptan la ayuda y los que no.

  • Los pacientes que aceptan ayuda son aquellos que acuden por sí mismos a las consultas o que permiten que se les conduzca a las mismas; reconocen y entienden que existe un problema que deteriora su calidad de vida, y desean de forma más o menos activa poner una solución para retomar el control de sus vidas.

  • Los pacientes que no aceptan ayuda de manera más bien son obligados a visitar a un profesional, pero que desde su punto de vista no existe un problema signficativo que requiera ningún tipo de abordaje. Por esta razón, la adherencia a las tearpias suele ser pobre y los avances más bien nulos.


- Cuando mi familiar no quiere ayuda

Tristemente, los profesionales de la Salud Mental estamos sobradamente acostumbrados a lidiar con los pacientes que no consideran necesaria nuestra ayuda, y ello nos hace tener unas expectativas más claras sobre qué podemos esperar de esta relación profesional-paciente, que tiende a ser poco fructífera.

Son los familiares y allegados de estos pacientes quienes más sufren la escasa iniciativa del enfermo para acudir a una consulta o seguir las indicaciones del profesional. Precisamente son ellos, los seres queridos del enfermo, quienes más empeño ponen en hacerle ver que tiene un problema que necesita tratar.

Pero ¿por qué mi familiar no quiere ver al psiquiatra?

  • En algunos casos, el paciente no es consciente de que tiene un problema de salud mental. Y este problema puede estar nublando su juicio de la realidad, lo que significa que su capacidad para tomar decisiones (en este caso, sobre su salud) podría estar afectada. ¡Este no es el caso de todos los pacientes que no quieren recibir asistencia!, sino que es más frecuente en las personas afectadas por una psicosis, o por una depresión muy avanzada, por ejemplo.

  • En otros casos, quien padece la enfermedad - y a diferencia de sus allegados o familiares convivientes - no considera que su problema sea lo suficientemente grave como para necesitar ayuda de un profesional. Evidentemente, esta discrepancia entre la persona afectada y sus seres queridos aboca a discusiones frecuentes y a que quien padece la enfermedad sea conducido bajo coacción a la consulta del psicólogo o del psiquiatra. Y esta situación es prácticamente una constante cuando hablamos de patologías como las toxicomanías y demás adicciones, en las que el adicto se considera capaz de controlar la situación y por ello no considera que requiera ayuda.

Probablemente no hay nada que frustre más a quien quiere a una persona enferma, que ver que ésta no es capaz de aceptar que padece una patología importante y que necesita una intervención urgente. Y es que, desgraciadamente, quien no quiere asumir que tiene un problema tampoco no hará nada por ponerle una solución.


- ¿Y qué debo hacer?

El primer paso para poner solución a una situación, es admitirla; y en caso contrario, conseguir que la persona afectada por un problema consiga acudir a la consulta con un profesional, desde luego ya es un avance importante.

No obstante, las expectativas sobre la relación profesional, el abordaje clínico y los resultados, han de ser realistas: dependiendo de la patología ante la que nos encontremos, la medicación no será el único pilar del tratamiento, y si la persona que acude a la consulta está capacitada para tomar decisiones sobre su salur (estemos o no de acuerdo con ellas) habrá que tomar en cuenta sus preferencias. Sólo desde el respeto conseguiremos suavizar esas aristas que dificultan la recuperación.

No hay que perder de vista que, con mucha frecuencia, existen divergencias de opinión entre lo que el paciente cree que está bien, lo que el familiar o allegado cree que está bien, y lo que el profesional hace o deja de hacer. Lo más importante es que exista colaboración mutua entre profesionales, entorno y paciente.