Las emociones tóxicas

06/11/2018

Existen una serie de emociones que podríamos considerar como tóxicas, precisamente porque no aportan más de negatividad y pesadumbre a nuestro día a día, arrastrando consigo nuestras energías y nuestro estado de ánimo.

Lo más importante sobre las emociones tóxicas -aquellas que no nos ayudan a progresar y que empañan nuestra felicidad- es, precisamente, conocerlas y reconocerlas.

Emociones tóxicas


¿Cuándo las emociones son tóxicas?

Una misma emoción puede gestionarse de varias maneras, pero podríamos decir que tenemos la opción de convertirla en una fuerza propulsora que nos ayuda a salir adelante y victoriosos de situaciones complicadas (es cuando tildamos a las emociones de positivas), o de dotarla de connotaciones negativas que nos hundan; es entonces cuando hablamos de las emociones tóxicas. Depende de nosotros darle la vuelta a la tortilla

Podemos considerar que las emociones son tóxicas cuando no nos permiten alcanzar tranquilidad con nosotros mismos o con nuestro entorno, no nos permiten sentirnos seguros y en calma, no nos ayudan a conseguir nuestros objetivos, a ser felices ni a trascender; en definitiva, las emociones son tóxicas cuando nos inhiben y nos amilanan.


¿Qué emociones podríamos considerar “tóxicas”?

Algunas de esas emociones son:

  • La ansiedad

  • La angustia

  • Desesperación

  • La insatisfacción

  • El apego dependiente (tipo de apego inseguro en el que la persona que lo experimente tiene una baja autoestima).

  • El enfado o rencor

  • La envidia

  • El miedo

  • La depresión

  • La vergüenza

  • La frustración

  • El fracaso

  • El orgullo

  • El duelo patológico

  • Victimismo y el llanto constante

  • La culpa exagerada

  • El rechazo

  • Los celos


¿Qué podemos hacer para gestionar nuestras emociones?

Lo primero que hay que tener claro es que no siempre tendremos la sensación de que la vida transcurre de manera apasible y con fluidez, que todo aquello que nos sucede es positivo y beneficioso, ni que estemos llamados a ser totalmente felices -en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida-.

Dentro de todas las parcelas que componen la totalidad de nuestra vida, algunos aspectos pueden resultarnos tremendamente satisfactorios y otros mejorables. ¡Y es normal tener esa percepción!: algunas emociones nos serán gratas y otras desagradables, y no hay nada de malo o patológico en ello.

Sin embargo, y como siempre, los excesos son malos. Y lo mismo sucede con las emociones: cuanto más duren en el tiempo las emociones desagradables (y cuanto menos las gestionemos) mayor es la probabilidad de que acabemos experimentándolas como tóxicas, nocivas causantes de un intenso sufrimiento.

Por todo esto resulta muy importante conocernos bien: así podremos identificar aquellas emociones concretas que nos hieren y perturban frente a aquellas que nos ayudan a progresar y mejorar. Una vez identificado qué es, en concreto, lo que lesiona nuestros sentimientos y nuestra salud (educación emocional) podemos trabajar en la vía de su aceptación, de darles la vuelta y conseguir sacar algo bueno incluso de lo malo.


La educación emocional

La educación emocional es un proceso en el que el sujeto aprende de manera continua y constante a identificar sus emociones e integrarlas en su desarrollo cognitivo, de manera que poco a poco se van encajando las piezas que dan lugar a la personalidad del sujeto, capacitado para afrontar la vida cotidiana, con sus más y sus menos.

Por tanto, la educación emocional nos ayuda a:

Conocernos mejor y etiquetar las emociones que sentimos

Mejorar nuestra autoestima y nuestra autoconfianza

Tomar mejores decisiones y pensar de manera más clara

Rendir más en el trabajo y mejorar la salud laboral y las relaciones interpersonales con los clientes

Reducir el estrés y nos protegernos contra él

Mejorar las relaciones con los demás y ser más empáticos

Crecer y desarrollarnos

Mejorar nuestro bienestar psicológico


¿Por qué es tan importante la gestión emocional?

Las emociones y y los pensamientos están estrechamente relacionados: ninguno de los pensamientos que elaboramos (ni de las decisiones que estos nos hacen tomar) están excentos de un componente emocional. Nunca llegamos a actuar totalmente en frío, prácticamente no tenemos pensamientos desapasionados, por lo que tampoco nuestras acciones están libres de un componente emocional. De allí la frase de “no se actúa en caliente”.

En términos de emociones debemos tomar en cuenta que:

  • Hay que tomar contacto con lo que sentimos: podemos hacer un buen uso de las emociones si las identificamos y elaboramos, y para ello hay que experimentarlas, nunca reprimirlas.

  • Las emociones deben transformarse en instrumentos para pensar, pero no la base sobre la cual se toma una decisión. Saber qué me conviene hacer en una situación particular es inteligencia emocional, así como tener la capacidad de pensar en las mejores alternativas, palabras y actitudes que me ayuden a llegar a un objetivo positivo.


Bernardo Stamateas

En su libro “Emociones tóxicas”, el autor Bernardo Stamateas (también autor del conocido libro “Gente tóxica”; muy recomendable, por cierto) describe los dos polos de la gestión de las emociones:

1.- Estilo encapsulador: las personas que no expresan sus emociones, que poco a poco cargan su mochila personal de los sentimientos y sensaciones que van acumulando a lo largo de los años, hasta que finalmente explotan. Esta explosión suele dar lugar con muchísima facilidad a procesos como la ansiedad o la depresión.

2.- Estilo explosivo: el polo opuesto al estilo encapsulador, este mas bien se corresponde con la persona que expresa todo lo que siente, sin ningún tipo de filtro.

Evidentemente, los dos son los extremos de un continuum, y en ninguno de los dos casos la gestión emocional es adecuada, porque en ambos casos la conducta del individuo se torna tóxica y patológica (o incluso patologizante): en el primer caso porque no se elaboran las emociones, no se emplean de manera constructiva, y en el segundo caso porque verbalizar continuamente las emociones tampoco ayuda a su elaboración y aprovechamiento, e incluso puede conducir al cansancio del entorno y a que se nos considere una “persona tóxica”. Por tanto, siempre hay que buscar “el justo medio”, que decía Aristóteles: hacer uso de la asertividad para comunicar nuestras emociones es importante, así como lo es también buscar una finalidad positiva para las mismas.